TEMPLE
Cuando una fortaleza empieza a jugar en contra
Aquello que nos trajo hasta aquí puede seguir siendo valioso. El desafío aparece cuando se convierte en nuestra única manera de responder.

Hay cosas que aprendemos a hacer bien y que, con el tiempo, se convierten casi en parte de nuestra manera de trabajar.
Resolver. Hacernos cargo. Saber de lo que hablamos. Anticiparnos a los problemas. Decidir rápido. Estar disponibles cuando alguien necesita ayuda.
Y normalmente hay una buena razón para que sea así: nos funcionaron.
Muchas veces fueron justamente esas capacidades las que nos permitieron crecer, ganar confianza, asumir responsabilidades y convertirnos en personas a las que otros recurren.
Entonces, cuando cambia nuestra responsabilidad, hacemos algo bastante lógico: seguimos utilizando aquello que sabemos que funciona.
¿Por qué no lo haríamos?
El tema es que, a veces, el contexto cambia antes que nuestra manera de responder.
Y ahí puede aparecer una paradoja interesante: algo que sigue siendo una fortaleza puede empezar a jugarnos en contra.
No porque haya dejado de ser valioso.
Sino porque quizás estamos tratando situaciones diferentes con la misma respuesta.
Cuando empiezas a liderar, no dejas de ser quien eras
Esto me parece importante.
Asumir una responsabilidad de liderazgo no significa dejar atrás todo lo que te trajo hasta allí.
Si eres bueno resolviendo, esa capacidad sigue siendo valiosa.
Si conoces profundamente tu trabajo, también.
Si eres rápido tomando decisiones, si te haces cargo cuando las cosas se complican o si las personas confían en ti porque normalmente encuentras una salida, no hay ninguna razón para querer borrar todo eso.
El cambio está en otra parte.
Cuando empiezas a liderar, una parte de tus resultados empieza a depender también de lo que otros comprenden, deciden, hacen, aprenden y logran.
Y eso cambia algunas situaciones.
No todas.
Pero sí algunas.
Ahí es donde puede empezar a ser interesante preguntarnos si aquello que tan bien nos funcionó hasta hoy sigue siendo la respuesta que necesitamos ahora.
Pensemos en alguien que resuelve muy bien
Una persona del equipo llega con un problema.
Tú conoces el tema. Quizás ya pasaste por algo parecido varias veces. Mientras te lo está explicando, probablemente ya estás viendo por dónde viene la solución.
Y entonces aparece algo casi automático:
resolver.
Le dices qué harías, aclaras el camino y ambos pueden seguir trabajando.
Perfecto.
A veces eso es exactamente lo que necesita la situación.
El problema no es resolver.
El problema podría aparecer si siempre resolvemos.
Porque mientras nosotros resolvemos rápido, la otra persona quizás tiene menos espacio para pensar, probar, equivocarse, encontrar alternativas o desarrollar su propio criterio.
Y después puede ocurrir algo bastante conocido.
La próxima vez que aparece una situación parecida, vuelve.
Y nosotros pensamos:
“¿Por qué me siguen trayendo todo a mí?”
Esa pregunta es válida.
Pero quizás hay otra que vale la pena hacernos:
¿Qué estoy haciendo yo que también puede estar contribuyendo a que esto ocurra?
No para culparnos.
Simplemente para ampliar la mirada.
Con el control puede pasar algo parecido
Hacerse responsable es una fortaleza.
Yo valoro mucho a las personas que se hacen cargo.
Pero a veces, especialmente cuando sentimos que el resultado finalmente depende de nosotros, responsabilidad y control empiezan a acercarse demasiado.
Queremos saber qué está pasando.
Revisamos.
Preguntamos.
Volvemos a revisar.
Pedimos que nos copien.
Nos aseguramos de que todo esté bien.
Y probablemente lo hacemos con la mejor intención: queremos cuidar el resultado.
El tema es qué ocurre alrededor nuestro mientras hacemos eso.
¿Las personas sienten que realmente tienen espacio para decidir?
¿O esperan nuestra confirmación?
¿Estamos acompañando?
¿O, sin darnos cuenta, seguimos ocupando el lugar desde el que todo termina pasando por nosotros?
No hay una respuesta universal.
Habrá situaciones donde controlar de cerca sea exactamente lo necesario.
Y otras donde hacer lo mismo puede impedir que alguien asuma la responsabilidad que decimos querer darle.
Ahí empieza a aparecer algo que para mí es central en liderazgo:
la misma respuesta puede ser adecuada en una situación y poco útil en otra.
Saber también puede ocupar demasiado espacio
Esta quizás sea una de las más difíciles.
Sobre todo cuando realmente sabemos.
Cuando llevamos años trabajando en algo, acumulamos experiencia. Reconocemos situaciones rápidamente. Vemos riesgos que otras personas todavía no ven. Muchas veces podemos anticipar lo que probablemente va a ocurrir.
Eso tiene muchísimo valor.
Pero hay una pregunta incómoda que de vez en cuando conviene hacernos:
¿cuánto espacio ocupa lo que yo sé en una conversación?
Porque puedo tener razón y, aun así, estar escuchando poco.
Puedo conocer una solución y no haber comprendido todavía cómo la otra persona está viendo el problema.
Puedo estar tan preparado para responder que dejo de tener curiosidad.
Y cuando eso ocurre, saber —que sigue siendo una fortaleza— puede empezar a limitar algo que también necesito para liderar: comprender antes de responder.
Entonces, ¿qué hacemos con nuestras fortalezas?
Para mí, la respuesta no es abandonarlas.
Todo lo contrario.
Resolver, decidir, saber, controlar cuando hace falta, asumir responsabilidad, ayudar, acompañar, preguntar, escuchar, confrontar o esperar son recursos.
Cuantos más tengamos realmente disponibles, más posibilidades tenemos.
Pero tener recursos no alcanza.
Hay otra capacidad que se vuelve fundamental:
el criterio para reconocer qué necesita cada situación.
Porque no todas las personas necesitan lo mismo.
Y una misma persona tampoco necesita siempre la misma respuesta de nosotros.
Hay momentos para preguntar y momentos para decidir.
Momentos para acompañar y momentos para marcar con claridad qué tiene que ocurrir.
Momentos para estar muy cerca y momentos para retirarnos un poco.
Momentos para hablar.
Y momentos para escuchar.
El desafío no es encontrar la manera correcta de liderar.
Es poder leer lo que está ocurriendo y elegir con mayor conciencia cómo responder.
Ahí aparece una pregunta que uso mucho
Cuando estamos frente a una situación difícil, solemos preguntarnos:
¿Qué debería hacer?
Es lógico.
Queremos encontrar la acción correcta.
Pero antes de esa pregunta, a mí me interesa otra:
¿Qué necesita esta situación de mí?
Parece parecida, pero no es exactamente lo mismo.
La primera puede llevarme rápidamente hacia mis respuestas conocidas.
La segunda me obliga a mirar un poco más.
¿Qué está ocurriendo conmigo?
¿Qué está ocurriendo con la otra persona?
¿Qué está pasando entre nosotros?
¿Qué más está ocurriendo alrededor de esta situación?
Y recién entonces aparece la respuesta.
Quizás termine haciendo exactamente lo que habría hecho desde el principio.
Resolver.
Decidir.
Intervenir.
Pero ahora hay una diferencia: no lo hice simplemente porque era mi respuesta automática. Lo elegí porque entendí que la situación lo requería.
Para mí, ahí hay una diferencia importante.
Quizás la fortaleza no sea el problema
La próxima vez que aparezca una situación que te desafíe, prueba algo sencillo.
Antes de responder, observa qué aparece primero en ti.
¿Resolver?
¿Controlar?
¿Explicar?
¿Decidir?
¿Ayudar?
¿Esperar?
No intentes cambiarlo inmediatamente.
Solo obsérvalo.
Probablemente esa respuesta tenga una historia. Seguramente te ha servido muchas veces. Quizás incluso sea una de las capacidades que te ayudaron a llegar hasta donde estás.
Después hazte una segunda pregunta:
¿Es esto lo que necesita esta situación de mí?
Si la respuesta es sí, úsala.
Y si no estás tan seguro, quizás ahí empiece a aparecer una posibilidad diferente.
No porque necesites convertirte en otro líder.
Sino porque puedes empezar a tener más de una manera de responder.
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